Por: Oscar Súmar
¿Es realmente la medida del gobierno de EE.UU. de aplicar un salvataje a una institución financiera un cambio de tuerca de sus políticas?
Yo lo pondría en duda. Muchos creen que EE.UU. es un país cuya economía se basa en el liberalismo económico, sin embargo, esto no es debidamente contrastado con el hecho de que el propio concepto de regulación es originario de ese país.
En un sentido más general, tal como Viscusi (y otros) destaca en su Economics of Regulation and Antitrust, todas las economías son reguladas y dejadas de regular al mismo tiempo, pero se distinguen en la intensidad en la que cada una de estas actividades es realizada.
Según los estudiosos de la regulación, como Buchanan u Olson, exponentes de escuela de la Public Choice, o Stigler y Becker, desde la Teoría Económica de la Regulación, la regulación responde principalmente al interés de las propias empresas reguladas. Así, no es de sorprender que un país con una industria tan potente, al mismo tiempo tenga los mayores lobbies y, así, grandes porciones de su economía sujeta a regulación.
Sin embargo, creo que más distintivo que su proclividad a la regulación, es su propia capacidad para la desregulación. De esa manera, EE.UU. se distingue menos por su liberalismo económico y más por su capacidad para discutir democráticamente o comprobar (y descartar) empíricamente la necesidad de regulación y, eventualmente, su derogación. Tal como destaca el propio trabajo de Viscusi, existen muchos sectores de la economía que han sido desregulados a lo largo de las últimas décadas, en muchos casos gracias al trabajo de su Corte Suprema, algunos movimientos políticos, académicos y la Sociedad Civil. Un caso notable es la desregulación de la industria del transporte que solo fue posible gracias a un debate de gran espectro, involucrando a todos los actores interesados, en audiencias públicas promovidas por Bob Kennedy, nada menos que con el apoyo del reconocido profesor de economía Alfred Kahn, el entonces profesor de Regulación en Harvard y actual Juez de la Corte Suprema Stephen Breyer, etcétera. Estos últimos, además, han documentado el proceso en libros que son clásicos mundiales del Derecho Regulatorio, como Economics of Regulation y Regulation and it’s Reform.
Yendo aun más allá, una lectura del clásico de Charles Beard An Economic Interpretation of the Constitution of the United States, nos hará notar cómo la propia Constitución de ese país fue en esencia un intento desregulatorio, parcialmente exitoso.
Como un ejemplo más cercano al caso actual, podemos citar a la propia política Norteamericana luego de “La Gran Depresión”: en los años siguientes el gobierno de Roosevelt aplicó lo que se ha llamado el “New Deal”, que consistía básicamente en un paquete de regulación social. Muchos han explicado el resurgimiento de la economía Americada en estas políticas; pero han olvidado que este Nuevo Pacto Social convivió con la “Era Lockner”, que es como se llama a la etapa más liberal de la Corte Suprema de la historia de los Estados Unidos. Entonces, aquí se hace nuevamente dudoso qué explica el auge de la economía Norteamericana, si su regulación o su liberalismo… yo diría que es su capacidad para emplear ambas a través de los procesos democráticos.
Ahora bien, esto no quiere decir que se considere la regulación mala per se. Otra cosa que distingue a ese país es su pragmatismo. Así uno podrá leer que autores como Sunstein (en su Free Markets and Social Justice) justifican una gran parte de la regulación por considerarla adecuada, dentro de la que encontramos la medio ambiental. Esto es así porque son mucho más reacios a aceptar una verdad como absoluta y, más bien, se van a tender a basar en resultados concretos, medidos con estudios empíricos, antes de aplicar una política.
Quizá esto sirva para entender un poco más la manera en la que actúa actualmente el Gobierno de este país ante la crisis financiera. Ciertamente nada asegura que las medidas que está llevando a cabo respondan al interés público, pero de lo que podemos estar seguros es que, si no lo son, más pronto que tarde la Sociedad Civil (y la Academia) reaccionará en su contra. Si esto no ocurre, ahí sí, Estados Unidos habrá perdido su esencia como país.










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